Labordeta nos saludo y soltó sin pestañear:
"Estáis todos aprobados.El que no quiera que no venga".
Fue tal nuestro estupor, que nadie faltó a ninguna clase. Chicos
habituados al palo y la correa de los maestros, a los castigos crueles,
se topaban de golpe con un profesor que nos trataba como a adultos.
Nadie entendía nada.
Fue nuestro maestro y fue también para
algunos, nuestro amigo. Tampoco era común que un profesor te
invitase a su casa a tomar café y te mostrase los últimos
discos de Georges Brassens, de Atahualpa Yupanqui o de Santana. Labordeta
inauguraba desde el afecto y el respeto, un nuevo modelo de pedagogía.
La música nos unió un poco más. Supo que cantaba
y me sorprendió que él también lo hiciera. A
menudo nos deleitaba con lo mejor de su repertorio mexicano, donde
brillaba su especialidad del Cucurrú paloma. Su potente voz
me aturdía. Formé dúo con Cesáreo Hernàndez
y le pedimos consejo sobre futuros poetas musicables; así nacieron
canciones desde Federico García Lorca o el Songoro cosongo,
de Nicolás Guillén. Por eso la noche que alrededor de
la hoguera de San Juan, en el patio del colegio, nos entonó
Aragón, mi desconcierto fue absoluto. ¡El profesor había
escrito una letra y le había puesto música! Y además,
hablaba de Aragón. ¿Cómo se hacía eso?
SOMOS Se lo he recordado alguna vez en las visitas que le hacía
en este último año, cuando el cáncer ya le mordía
irremediablemente. Solos, mientras Juana hacía sus cosas, o
bajaba a comprar, hemos repasado aquellos años felices, no
por juveniles y pasados, sino por luminosos, divertidos, creativos,
años donde se forjaba todo un mundo por descubrir. Labordeta
creó un género. Creó de la nada, un universo
musical, que ha tomado cuerpo y sello: se inventó la Canción
Popular Aragonesa, como se inventó Aragón, junto a Eloy
Fernández. Le puso música a los sentimientos de miles
de aragoneses que no sabían cómo expresar lo que su
tierra les inspiraba. Labordeta supo encontrar en el momento preciso,
las palabras para describir los solitarios viajes de los leñeros
que bajaban de las sierras a Teruel a vender sus piñas. Supo
dibujarnos la silueta de tantas viejas, ahogadas de tristezas y dolores.
Supo encontrar las palabras y los tonos para responder con exactitud
sobre nuestra existencia: ¿quiénes somos? Somos como
la humilde adoba...
Cada vez que acudía a su casa desde mi trabajo, trataba de
llevarle una bolsa de madalenas del horno de mi hermano Tony. Le encantaban.
Le hacían feliz como pocas cosas. Le gustaba el pan sin corteza,
las olivas negras, la borraja con patatas. Pero sobre todo le gustaba
bromear. El humor ha formado parte de su existencia. Ese bigote huraño
le ponía una cara demasiado severa, con unos párpados
demasiado llenos. Por encima de esa caricatura, se abría un
ser humano jovial, bromista, alegre, siempre con ganas de mostrar
su proverbial socarronería. Nunca olvidaré el día
en que accedió gustoso a presentarnos en Madrid el libro que
escribí junto a Roberto Miranda, Aragón a la brasa.
Lo bautizamos en los salones del Círculo de Bellas Artes, y
tal era su entusiasmo, que leyendo uno de los pasajes, se encanó
de risa, no podía respirar.
ÚLTIMO CONCIERTO El 3 de septiembre del año pasado dio
y dimos su último recital. Labordeta, Eduardo y yo, nos subimos
juntos al escenario de la plaza de Ejea. Estaba a rebosar, y José
Antonio ya se tenía que esforzar en exceso para permanecer
de pie. Se agotaba, pero estas muestras de afecto de la gente que
le recibía con entusiasmo, le insuflaban con seguridad algún
tipo de energía. Él siempre abría los recitales,
y yo siempre me sentía consternado ante la misma imagen: un
hombre solo, con una guitarra, paralizando a miles de oyentes. Lo
he comentado muchas veces con Eduardo: el genio consiste en saber
pulsar las cuerdas que logran brotar la emoción. Canto mal
y toco peor, nos decía a menudo. Pero el arte no se basa en
la técnica sino en el sentimiento. Labordeta era único
para cautivar a un auditorio de no importa que rincón de España.
Su localismo, precisamente, le hacían universal.
Ha sido un cantante atípico. Nada que ver con el modelo que
se nos vende desde los mercados. No quería ser famoso, era
alérgico a la vanidad, la farfolla y la sobreactuación.
Una vez escribí un email a mi lista de correos, para que mis
amigos supiesen que me había premiado por algo (ahora no recuerdo
qué fue) y me respondió de inmediato: "Joaquín,
no te promociones, que no lo necesitas y queda muy feo". Aún
me dura la vergüenza. No sé por qué me empeñé
en realizar con él algunos proyectos. Le empujé, como
empujé a Eduardo, a meternos en el lío de grabar un
disco y registrar ese concierto. "Si te encargas de todo, adelante",
solía decir, aupado por su magistral tendencia a la galbana.
Luego, los proyectos salían, salió aquel disco con libro
y DVD, salió un entrañable documental que le hicimos
con José Miguel Iranzo, y salió un disco de nueva creación
que titulamos Vayatrés!. Orgulloso en el fondo creo, de que
se apreciase todo el talento y creatividad que atesoraba. Yo me sentía
feliz de escucharle justificar tanta actividad: "¡El Carbonell,
que es un pesao!"
Tardaremos tiempo en ajustar cuentas. En calcular la dimensión
de su categoría como ser humano, como insólito y original
creador. José Antonio es sin duda el aragonés más
importante de los últimos 50 años, pero será
también uno de los españoles más reconocidos
y queridos en décadas. Me he encontrado en estas horas con
unas muestras de afecto descomunales, abrumadoras. Cientos, miles
de anónimos ciudadanos que desde la radio, por la calle o en
el correo, te transmiten el sentimiento de haberse quedados huérfanos.
"Estamos desnietados", le escucho decir a Paco de los Titiriteros
de Binéfar. O recibo un correo que me comenta: "Me he
enterado de la tragedia esta mañana. Si lo sé no me
levanto". Me escriben y me llaman concediéndome el honor
de recibir su pena como si yo fuese familiar. Él hubiese hecho
lo mismo por mí, no tengo dudas. Tardaremos muchos años
en recuperarnos de su ausencia. Todos entienden que fue un hombre
decente, íntegro. Estamos muy tristes, porque él fue
muy alegre.