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SONSONETE CON ESTRIBILLO-HOLOCAUSTO EN LA
RIOJA
Jesús V. Aguirre
HOLOCAUSTO EN LA RIOJA (con permiso de Enrique Pradas,
que ya tituló así uno de sus libros sobre la República
y la Guerra Civil).
Sabemos que el horror existe, decía hace unos días Juan
Fernando López Agudín, Ministro de Justicia, al recordar
en el Parlamento español a las víctimas del Holocausto,
y añadía que sólo los supervivientes tenían
derecho a olvidar, los demás no.
Dudo mucho que los supervivientes del Holocausto, de cualquier matanza
o genocidio puedan y quieran olvidar. Pero estoy de acuerdo con la reflexión
final. Los demás, nosotros, no tenemos derecho a olvidar.
Y por eso debemos hablar y escribir sobre nuestra historia. Recuperar
la memoria. Porque es necesario conocer nuestros errores para no repetirlos,
porque recordar es justamente la mejor vacuna, como añadía
en el mismo acto Esperanza Aguirre, Presidenta de la Comunidad de Madrid.
Y por higiene mental. Porque la memoria es como el agua que quiere fluir,
y si se retiene acabará por desbordarse.
Por todo ello hablamos hoy de la memoria y del holocausto. Pero en La
Rioja. Donde el asesinato de dos mil personas en 1936 es tristemente y
por derecho propio un Holocausto ("gran matanza de seres humanos").
Pero no se crea que el hablar o escribir sobre ésto es algo novedoso.
Porque los superviviente y sus familiares, amigos y compañeros,
siguen recordando los hechos cada día. Con tristeza, con dolor,
a veces con rabia, pero sin ánimo de revancha. ¿Perdonar?...
La mayoría no han perdonado, pero por una gran razón, porque
nadie les ha pedido perdón
Les duele la injusticia, no sólo
la que llevó a los suyos a tapias y cunetas y los machacó
durante 40 años (como canta Pedro Guerra, "después
de acabada la guerra, vencieron a los vencidos"), sino la posterior,
cuando al recuperar la Libertad y la Democracia, este País hizo
mutis por el foro y se olvidó (a nivel oficial) de la cuestión.
Son conscientes de que la Transición quizá no pudo hacerse
de otro modo, de que por la relación de fuerzas existentes fue
más importante (y sobre todo posible) el recuperar que el exigir.
Y saben que ellos fueron, de nuevo, moneda de cambio. "La forma menos
comprometida era sacrificar a las víctimas del franquismo y olvidarse
de ellos y así se hizo", como escribe uno de ellos en Alfaro.
¿Qué esperaban? Justicia. El reconocimiento oficial del
atropello a la razón y a la vida, la restitución de la dignidad
y del buen nombre de los asesinados (y algunos miles más de represaliados,
desde las mujeres vejadas con el corte de pelo y el aceite de ricino,
a la infinidad de los que sufrieron cárcel y maltrato social y
económico). Y el desfile de los verdugos por los tribunales (que
tan poco trabajo tuvieron en aquel 1936 riojano), hombres conocidos con
nombres y apellidos en cada pueblo, por cada familia. Juicios con las
garantías de un Estado democrático y de derecho, con defensa,
sin temor a una pena de muerte que ya no era posible y no se les deseaba.
Justicia. Como en Argentina o en Chile.
En algunos pueblos y ciudades algo se ha movido, por ejemplo el Ayuntamiento
de Logroño al recordar a sus funcionarios represaliados; pero no
hay demasiados casos, y prácticamente nadie lo ha hecho mirando
al pueblo, a todos sus ciudadanos. "Ni siquiera los socialistas cuando
gobernaron", se quejaba el hijo de uno de los asesinados, de Nalda,
que ahora ya no podrá asistir a cualquier acto que se convoque,
si es que se convoca
Cierto, algo puede haber, pero de verdad y
al margen de los recuerdos y panteones que han levantado los propios familiares,
es tan poco, en tan pocos lugares, que el silencio oficial es insultante
e injusto. Por eso algunos seguiremos reclamando que se "reponga"
en su puesto a los alcaldes (que son más de los 31 que yo mismo
señalaba en un escrito anterior) y concejales de la República
asesinados, a los funcionarios. Que los colegios de médicos, de
farmacéuticos o de abogados hagan lo mismo con sus colegas. Que
los maestros recuerden a los maestros. Que los labradores y trabajadores
riojanos sepan por qué murieron tantos de los suyos. (Algunos sindicatos
sí lo hacen, claro está).
Decíamos que también se ha escrito sobre el tema. Mucho
además, y eso es interesante. Historiadores, sociólogos,
protagonistas y testigos nos han dejado sus libros, estudios y memorias.
Títulos y autores que deben conocerse porque refrescar la memoria
es bueno, sin miedo, sin complejos. No hay revanchismo. Es imposible la
vuelta atrás. Por muchas razones, una de ellas es, justamente,
porque conocemos -o debemos conocer- lo que pasó. (Lo que pasó
también en toda España, reconociendo que asesinados y verdugos
los hubo en todas partes, en los dos bandos, pero -permítanme la
matización, porque alguien puede decir, claro aquí sólo
se habla de lo que "les" interesa-, en nuestro tema son cruciales
dos argumentos, uno particular: aquí y ahora hablamos de La Rioja,
y otro más general: hablamos por tanto de asesinados en el lado
"nacional", rojos y vencidos, ellos y sus familias, por toda
la eternidad, ni siquiera enterrados, a diferencia de los asesinados en
el lado republicano, que fueron reconocidos, enterrados y honrados, ellos
y sus familias, por el franquismo y su Causa General y recordados en monumentos
por todo el País).
Lo triste, repito una vez más, es la omisión y el silencio
oficial. Pero no hay problema. Las voces que hoy clamamos en el desierto
encontrarán "mucho más temprano que tarde" el
eco necesario para que se abran de nuevo "las grandes alamedas".
Es de justicia.
Jesús Vicente Aguirre González, escritor
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